Una memoria íntima sobre la familia, las apariencias sociales, el afecto obligado y el costo silencioso de crecer bajo el peso del privilegio.
Lo que calla una mujer que se ha quitado la vista

Al apagarse por completo la conciencia de mi padre, mi madre, como siempre, mantuvo la calma. Casi como si estuviera en huelga contra el universo y se negara a aceptar el destino que le había tocado, se esforzó hasta el agotamiento por mantener las apariencias. En ningún momento dejó de actuar como si todo el caos, la locura y la incertidumbre fueran algo perfectamente normal.
Consumió todas sus fuerzas en ese intento y, al poco tiempo, también cayó enferma. El dolor la apremiaba. No sabía de dónde venía ni cómo hacerlo parar. Le diagnosticaron fibromialgia y, pese al sufrimiento incesante, nunca dejó de intentarlo y aparentar. Estaba decidida a ser como aquellas familias felices y perfectas que veía en las revistas.
Al verla desvivirse por encajar en una alta sociedad que no aceptaba más que cosas bellas, pulcras y perfectas, aprendí desde muy niño la importancia de esforzarme, de mentir, de decir que todo estaba bien y de no perder jamás la calma. Quería estar a la altura. Ser adecuado. No incomodar a nadie. Ese impulso terminaría convirtiéndose en mi castigo y mi tormento durante los años venideros, y seguiría coartando mi forma de vivir incluso en la adultez.
Como recompensa por sus esfuerzos, mi madre exigía constantes palabras de afecto. Y, si no podía conseguirlas de manera natural, no le molestaba someter mi voluntad hasta obligarme a pronunciarlas. Recuerdo haber pasado horas llorando y pataleando, suplicando que me soltara. Pero mientras más me resistía, más fuerza aplicaba ella. No le importaba que sintiera que me asfixiaba, que estuviera frustrado o que sufriera. No me soltaría hasta escuchar un “te quiero”.
No sabía cuál era su problema. Ni siquiera entendía el significado de aquellas palabras que exigía con tanta desesperación. No sentía que la quisiera. Disfrutaba pasar tiempo a su lado, eso es cierto, pero no podría asegurar que en ese entonces fuera capaz de sentir algo remotamente parecido al cariño. Me sentía un impostor, un farsante, una persona arrastrada por la corriente. Y con cada “te quiero” escupido sin ganas, sentía que una pequeña parte de mi alma se moría.
Con el tiempo dejé de pronunciar esas palabras. En su lugar, comencé a dejar caer una lluvia interminable de fórmulas tibias: “yo creo”, “supongo”, “debe ser el caso”. Ninguna de ellas alcanzaba a cumplir con los estándares de mi madre; para ella, el silencio era un veneno, ansiaba el calor de la intimidad y nunca dudaba de atropellar a los demás para conseguirlo. Al ver que su estrategia y sus juegos mentales ya no funcionaban conmigo, se dedicó a buscar cariño en los discursos de mis hermanos.
Mi madre y yo nos habíamos distanciado. Y yo jamás volvería a pronunciar palabras de cariño ante nadie, al menos no hasta llegar a conocerlo.
Empleadas despegando en el silencio de la noche

Con el dinero llega el poder, y el poder ha de usarse para gozar del privilegio de vivir en comodidad y escapar de las responsabilidades. Mi madre ansiaba estar presente, pero siempre se le enseñó que una genia de las matemáticas debía dedicar su vida a escalar los empinados escalones de la vida corporativa. Ella tenía sus propios laberintos mentales y las trabas puestas por su padre volvían inalcanzable la vida que en realidad quería.
Con el correr de los años tuvimos muchas nanas peruanas. Ninguna solía durar demasiado. Aparentemente, todas tenían algún pariente enfermo que no podía sobrevivir sin su asistencia y que requería que volaran a toda prisa de vuelta a la madre patria para dedicar su vida a cuidarlo, como buenas mujeres piadosas. Bastante curioso, si me permiten decirlo.
Yo sabía que no debía, pero no podía evitar encariñarme. Lloraba como una magdalena cada vez que se marchaban sin despedirse.
El privilegio de andar sobre cuatro ruedas

Mi padre consideraba crucial que tuviéramos un chófer. Él había tenido uno de niño y aseguraba que había sido una de las mejores experiencias de su vida. Ha de haberse llamado Germán, Hernán o algo parecido. Según mi padre, era todo un loquillo.
Contaba que, por las tardes, cuando lo pasaba a buscar al colegio, se estacionaba frente a alguna de las casas de los vecinos, dejaba las ventanas entreabiertas para que los niños pudieran respirar y hacía cosas innombrables con las empleadas domésticas. Luego relataba el acto en detalle frente a mi padre y mis tíos, que lo miraban como si estuvieran ante un héroe.
El chófer, para mi padre, era su mejor amigo. Es bastante triste eso de que a las únicas personas que te quieren les paguen por hacerlo. Con el tiempo, yo también aprendería algo de eso.
En papel, nuestra vida era perfecta; cada pieza reposaba armónicamente en su lugar; sin embargo, nadie parecía estar feliz y mi presencia, más que ninguna, no terminaba de entonar en ese mundo y parecía no hacer otra cosa que desencajar y hacer ruido. Mi madre se preguntaba si es que el mundo conocido lo era todo o si es que ocultas tras la niebla aún existían alternativas, cosas distintas y tal vez mejores, si no solo para mí, quizás para toda la familia.
Como se volvería un tema recurrente, recaería sobre mis hombros dar el primer paso para abrir los corazones y salir de la comodidad del universo conocido. Al parecer yo vine a este mundo para hacer temblar los cimientos de todo lo que es estático y predecible, ser un agente disruptivo donde sea que pongo un pie es tanto mi deber como mi privilegio.