Hay infancias que se viven hacia adentro. Niños que aprenden pronto que el mundo exterior puede ser hostil, y que desarrollan un arte silencioso para construir refugios propios: en una puerta misteriosa, en una bodega llena de tesoros olvidados, en el olor a habano de una caja pequeña. Niños que, sin saberlo, ya están buscando algo, aunque todavía no tengan nombre para ello.
Yo era uno de esos niños.
No lo sabía entonces, pero todo aquello me hacía diferente. Esa necesidad de crear mundos paralelos, de encontrar belleza en lo descartado, de aprender leyendo periódicos viejos apilados en un entretecho oscuro, era precisamente el tipo de infancia que alguien, en algún lugar de Europa, a principios del siglo XX, había intentado proteger.
Rudolf Steiner creía que cada niño trae consigo un mundo interior que merece ser cultivado con cuidado, no aplastado ni ignorado. Que la imaginación no es un lujo ni una distracción, sino el suelo fértil sobre el que crece el ser humano completo.
Yo llegaría a esa idea mucho más tarde, por caminos largos y poco rectos. Pero al mirar atrás, reconozco las semillas. Estaban ahí, en el jardín de Camino el Alba, en el sillón de terciopelo rojo, en la moneda de hierro con la serpiente que aún guardo.
Esta es la historia de cómo llegué al mundo Waldorf. Pero antes de llegar, tuve que vivir.
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La herida de un hermano

Lo de mi hermano era algo de lo más extraño. Me odiaba, me consideraba una criatura aberrante que había subido desde el infierno para succionar todo el amor de los pechos de mi madre, dejándolo a él sin alimento para subsistir el invierno; pero, a la vez, deseaba desesperadamente que yo lo amara, que lo respetara, y que viera en él algún tipo de bondad subyacente que en el fondo los dos sabíamos no existía.
Recuerdo perfectamente sus carcajadas mientras se mantenía oculto entre la multitud mientras todos me pateaban. Recuerdo que, mientras me retorcía en el suelo, estiré el brazo en busca de su ayuda y no obtuve nada a cambio. Recuerdo que siempre puso la opinión de los demás por encima de mi bienestar y me exigía que cambiara. Recuerdo lo mucho que lo odiaba.
Alguna vez lo necesité; ya no es el caso. Ese día juré nunca darle lo único que quería de mí: no reconocería su existencia, no lo admiraría ni le daría mi aprobación; en su lugar, lo bañaría con la más helada indiferencia.
Me culpaba de todos sus problemas. ¿Cuáles eran esas susodichas penurias que tanto lo atormentaban? Aun al día de hoy nadie lo sabe, pero a él le parecían de lo más relevantes y creía prudente castigarme por ello.
Por fortuna o por desgracia, más adelante decidiría que era mi madre y no yo la causante de todos sus pesares, y al igual que mi padre, sellaría sus labios y dejaría de hablar, o al menos no conmigo, no a la cara, no para decir cosas agradables. ¿Algún día se dignará a hacerse cargo de sus propias decisiones? Solo el destino lo sabe. Únicamente sé que hoy soy libre de la presión que antaño me aplastaba dejándome sin aire.
El paraíso de los abuelos

Nos criaron mis abuelos, cuya presencia nos parecía más constante y reconfortante que la de quienes nos procrearon. Junto con mi hermano mayor, pasábamos casi todas las tardes en su casa en Camino el Alba, viviendo de sus cuidados. Para ellos, nuestras visitas eran siempre esperadas con entusiasmo, y nos recibían con calidez y alegría.
Mi abuela decía que, de haber vivido otra vida, se habría dedicado a ser empleada doméstica, pues simplemente adoraba hacerse cargo del hogar. Cuando no cuidaba su enorme jardín, cocinaba mientras bailaba y cantaba al son de alguna canción de Nino Bravo o alguna balada romántica emitida por La Infinita o La Cooperativa.
A mi abuelo podías verlo como siempre: enfrascado en su viejo escritorio, iluminado por un potente haz de luz que entraba por un gran tragaluz recientemente instalado, el cual hacía relucir la calva de su cabeza. Se la pasaba estudiando o tecleando alguna nueva teoría religiosa que luego publicaría en sus extensísimos e indescifrables libros, siempre en proceso, nunca terminados.
Para mi abuela, su nieto mayor lo era todo: el primogénito de su primogénita, el niño de pelo rizado del que aún hoy guarda un mechón en una caja acolchada en su librero. Yo también estaba bien, supongo, pero simplemente no éramos la misma cosa; la sangre seguía siendo potente, pero al mirarme no albergaba ese mismo sentimiento.
Mi abuelo, en cambio, me prefería a mí. Decía que era su deber darle más atenciones a su nieto más aproblemado. Nunca supe si tomarme eso como un halago. En cualquier caso, ese amor me valió de poco, pues el hombre vivía por y para la escritura; existía perdido entre sus manuscritos, sus teorías, sus tablas matemáticas que calculaban el fin de los días. No pensaba en mí, y yo no quería que lo hiciera por obligación; quería que lo sintiera con naturalidad.
Una puerta un secreto

La mayoría del tiempo me sentía solo, aun estando en ese lugar tan idílico. Pero pese a todo, siempre fui muy bueno encontrando maneras de evadirme. Junto al escritorio de mi abuelo había una puerta que me parecía de lo más misteriosa: grande, oscura, elegante e imponente. Nadie entraba ni nadie salía. Me moría de ganas por saber hacia dónde conducía. Solía esconderme tras un sillón de terciopelo rojo de estilo barroco que se hallaba junto a esa puerta, y podía pasar el día entero allí, a la espera de ver si alguien la atravesaba.
Un día, cansado de esperar y lleno de frustración, le pregunté a mi abuela por qué nadie la abría. Le recriminé con enojo genuino que entonces para qué estaba, que era un desperdicio de madera. Ella soltó una risita y me explicó que no tenía pestillo, y que si quería descubrir lo que escondía, debía ser valiente y abrirla.
Dudé al principio. No esperaba que fuera tan fácil como llegar y conseguir lo que quería; yo sabía que en esta vida nada lo era. Las puertas estaban hechas para encerrar, para esconder, para aparentar que no había nada más allá, no para que un niño como yo les quitara su poder y descubriera los secretos que guardaban. Nunca había conocido a un adulto que dijera la verdad y permitiera que las cosas salieran a la luz; me negaba a creer que esta vez fuera diferente.
Cuando por fin me resolví a abrirla, descubrí que conducía a un mundo que solo podría catalogarse como extraordinario y, a la vez, extraño; uno que, una vez descubierto, se apoderaría de todas mis inquietudes y mis sueños. Era como estar perdido en otro planeta, tal como me imaginaba que sería vivir en Júpiter: oscuro, caluroso, irregular y misterioso.
Se trataba de un entretecho usado como bodega, donde mi abuelo resguardaba todos los tesoros y antigüedades que había recolectado a lo largo de los años. También se alzaban allí grandes cajas repletas de cajitas de cigarros y latas de cerveza que mi tío Peye coleccionaba.
De ahí en adelante, con un mundo nuevo frente a mí y abierto para descubrir, pasaba todas las tardes resguardado entre aquellas paredes: desarmando y reordenando cajas llenas de cajas más pequeñas con olor a habano, descifrando enigmas arqueológicos, aprendiendo a leer con periódicos antiguos apilados, y recolectando pequeños tesoros que, por el solo hecho de encontrarlos, creía que ya me pertenecían. Desde un inicio tuve algo que podría considerarse el germen del síndrome de Diógenes; soy como un cuervo: si encuentro pequeñas maravillas relucientes, las recojo y las llevo a mi madriguera, o las escondo en algún lugar que solo yo sé cómo encontrar.
Escondido entre las plantas
El resto del tiempo vagábamos por los confines y escondrijos del amplio jardín que nos rodeaba, buscando en el pequeño bosque al lobo que habitaba en las canciones que mi abuela entonaba. Los días en que mi abuelo se sentía lleno de energía nos gritaba: «¡Niños, vamos a pasear!». Nos subíamos al Peugeot blanco que antes pertenecía a mi madre y conducíamos durante lo que parecían horas, escuchando por la radio algún partido del Colo, hasta llegar a los jardines de plantas ubicados en el alto Peñalolén. Allí jugábamos cada uno por su cuenta mientras mi abuelo regateaba por rosas amarillas o eucaliptos con olor a limón.
Un día que mi hermano no estaba, volví a visitar los jardines de plantas con mis abuelos y, a la vuelta, paramos en un pequeño pueblito artesanal de los alrededores llamado «La Rosa». El lugar destilaba el acre aroma de la bohemia. Mi abuela me dijo que me compraría lo que quisiera; yo rebusqué entre los quioscos y elegí una moneda de hierro con el símbolo oriental de la serpiente, el signo del horóscopo chino en el que había nacido. Es un amuleto que aún conservo como recuerdo de aquel día en que, por primera vez en años, me sentí visto por las personas que me rodeaban.
Los momentos que pasé junto a mis abuelos son los únicos que me permiten mirar al pasado y decir: «Sí, yo alguna vez fui feliz». Y serían la única razón que tenía para creer que tal vez algún día, si era lo suficientemente paciente, con un poco de suerte volvería a serlo.

Reflexiones
No existe un camino recto hacia uno mismo. El mío pasó por silencios que dolían y por puertas que nadie abría. Pasó, finalmente, por una pedagogía que prometía tenerlas todas abiertas. No pude estar más equivocado.
¿Eres padre o madre explorando la educación alternativa en Chile? Este blog nació de una experiencia personal con la pedagogía Waldorf , de sus luces, sus sombras, y todo lo que Rudolf Steiner no te cuenta. Sigue leyendo los demás capítulos de Hijos de Steiner.