Hay imágenes hermosas en todas las historias, por muy crueles o incomprendidas que por momentos estas nos parezcan. Basta con recordar el eterno vaivén de las magnolias para saber que no siempre todo estuvo mal
Por aquel entonces aún desconocía a qué colorido infierno había descendido mi alma magullada. Tampoco me había percatado de que mi cuerpo seguía pudriéndose por allá, en Las Condes, a los pies de un enorme crucifijo de hierro fundido que colgaba inmóvil desde un ostentoso escaparate.
Yacía bajo la mirada juzgadora de un Dios que, al presentarse, menearía la cabeza y que, según dice la Biblia, jamás me habría amado. Tendido con las manos callosas y los surcos enrojecidos por el correr de las lágrimas, existía tan desolado como el día en que me habían alumbrado.
Aún no sabía nada sobre él, mi único amigo y aliado; el único hombre que he amado.
Él tampoco sabía de mí, pero soñaba con el día en que pudiera encontrarme: tocarme, olerme, palparme y besarme; hundir las uñas en mi piel y comprobar la realidad de mi carne.
Me preguntaba cómo sería su mirada.
¿Olería a jazmín?
¿O quizás a roble?
¿Sería masculino o femenino?
¿O alguna extraña mezcla de ambos?
¿Qué batallas invisibles estaría librando?
¿Estaría acaso sumido en un dolor tan insoportable que aun así sería capaz de amarme?
Pensar en él me completaba. Me permitía escapar, volar lejos del encierro, ya fuera en el valle o aquí, entre la montaña imbatible.
Pero esa es una historia para otro libro. Para muchos años más adelante. Una historia que, con un poco de suerte, resultará más amable.
Por entonces yo era solo otro lobo solitario.
Debía enseñar los dientes.
Arañar.
Desgarrar.
Hacer correr la sangre.
Atacar antes de ser atacado.
Sollozar en silencio con el pelo enmarañado, procurando que nadie escuchara mis lamentos y me tomara por débil o por loco, y decidiera convertir mi vida en un infierno una vez más.
Era una bestia herida.
Esperando que, después de diez largos años, un beso potente y delicado pudiera curarla.

Lazos de sangre, magnolias de acero y lágrimas de alquitrán
Como suele ocurrir en estos casos, todo comenzó en mi más tierna infancia. Me vi afectado por las dinámicas disfuncionales de mi familia y por comportamientos erróneos que imitaría sin quererlo; hábitos que calaron tan profundamente en mi cerebro que entorpecerían mi andar hasta el final de mis días.
Por mucho que me duela admitirlo, en muchos sentidos soy igual a mi padre.
Con una diferencia sutil pero devastadora: no heredé su carisma ni su presencia escénica.
Poseía una belleza singular que enredaba los pensamientos de quienes lo observaban. Su piel tenía el color del verano y sus ojos, de un azul grisáceo centelleante, embrujaban a hombres y mujeres por igual.
Irradiaba una calidez capaz de envolver hasta el corazón más congelado y hacerlo latir tibio una vez más.
Yo, en cambio, era la versión invernal de aquella misma persona.
La otra cara de la moneda.
La que se esconde en las penumbras y encuentra refugio en la oscuridad.
Era un niño perdido en las inmensidades del universo que existía dentro de mí.
Desde mi ventana observaba el baile incesante de las magnolias del jardín. Me fascinaban los destellos plateados que aparecían cuando el viento daba vuelta las hojas y revelaba por un instante su envés gris y aterciopelado.
Soñaba con el batir de alas de las mariposas y pasaba los días invadido por la curiosidad, explorando los incontables cuencos, aparejos, cajas, maceteros, piedras, libros y tapices repartidos por todos los rincones de la casa.
Al crecer un poco más, llegó el día de exponerme a los horrores del mundo exterior. Descubrí, desconcertado, que mi piel pálida, casi transparente, y mis ojos oscuros —ojos de pez muerto esperando la hora de ser devorado— provocaban rechazo entre quienes me rodeaban. Reflejaban una mezcla de asco, melancolía e indiferencia, y escrutaban cuanto se posaba frente a ellos. Al parecer, eso bastaba para despertar miedo.
Por aquel entonces el humor de mi padre vivía en perpetuo movimiento.
Había días en que era cálido y resplandeciente. Rebalsaba energía. Reía a carcajadas bajo la luna llena y llenaba la casa con animales exóticos obtenidos quién sabe dónde. Siempre estaba ocupado: hacía plantar campos enteros de girasoles en la parcela, criaba gatos persas que cuidaba con celo, tocaba el piano a las tres de la mañana y pasaba las tardes recreando cuadros de Van Gogh. Era como si su alma estuviera demasiado entusiasmada para detenerse siquiera un instante.
Otros días, en cambio, su aura se volvía azul.
Agitaba los brazos cansados en el aire sin pronunciar palabra. Gritaba. Sollozaba. Yo no entendía qué ocurría. Solo sabía que mientras más luminosa fuera la subida, más devastadora sería la caída. Parecía sentirse completamente solo en el mundo.
Yo era apenas un niño y tampoco entendía nada.
Antes de darme cuenta, me encontré atrapado en un mundo extraño, gobernado por hechos concretos y creencias radicales.
El dinero era ley.
¿Quién tenía?
¿Quién buscaba?
¿Quién presumía de ostentarlo?

A mí no me habían criado para mostrar, sino para soñar. Para mirar más allá de las apariencias y buscar la verdad escondida detrás de las cosas.
Entonces comenzaron las patadas.
Las miradas.
El frío raspar del asfalto contra una piel que todavía sabía poco de maldad.
Si una regla no está escrita, ¿existe realmente o son solo palabras suspendidas en el viento?
Nunca entendí aquel juego. Tampoco me interesó aprenderlo.
No tuve amigos.
O quizás no los reconocí cuando aparecieron.
Iba a mi propia bola y disfrutaba mi independencia. Despreciaba al gentío con toda la fuerza de mi alma; no quería parecerme a ellos, pero deseaba que me amaran.
¿Es acaso una contradicción tan absurda?
Conservar la propia esencia sin sufrir los desaires de la multitud.
Esa era mi realidad.
Y también la de los otros inadaptados, que tampoco me aceptaban. Los mismos que murmuraban a mis espaldas y me llamaban loco, maricón o ambas cosas a la vez.
Los años pasaron y me refugié en una realidad poblada por la fantasía.
Me obsesioné con la filosofía antes incluso de conocer la palabra. Desde niño sentía que algo me llamaba desde muy lejos, desde algún rincón oculto del tiempo.

Quería descubrir la verdad.
¿Pero cuál?
La de mi alma.
La de mi espíritu.
La de mi conciencia.
O como quiera llamarse aquello que habita detrás de los ojos.
¿Por qué me encontraba aprisionado dentro de estos muros de carne?
¿Cómo podía escapar?
¿Cómo podía volar lejos de donde estaba?
Desconocía los límites de la sustancia.
No me encontraba en el espejo.
Vivía aterrado del contacto.
¿Y si el éter que habitaba en mí se mezclaba con el de otro tras un golpe demasiado fuerte?
¿Y si dejaba de ser yo?
¿Y si otra presencia invadía mi interior?
Me aborrecía, pero había aprendido a vivir dentro de mis propias entrañas. No quería habitar otro cuerpo ni dejarme influenciar por nadie.
Mientras tanto, mi padre comenzaba a apagarse.
Llegado cierto día jamás volvió a ser el mismo.
Todo empezó con una gran estafa en la empresa familiar.
Llegó la PDI.
Llegaron las preguntas.
—¿Qué fue lo que robaste?
—¿Dónde está escondido?
—¿Sabes que eso es delito?
—¿Puedes compartirlo?
Guiño.

De joven, aquel agrónomo frustrado se había convertido, gracias a las bondades del nepotismo, en socio mayoritario de una de las corredoras de inversión más grandes del país. Había pecado de ingenuo. Había confiado demasiado. Había amado a su familia lo suficiente como para ignorar los delitos que se cometían a su alrededor.
No terminó en la cárcel.
Pero fue despedido.
Convertido en chivo expiatorio.
Abandonado por las mismas personas que había admirado.
Después llegaron los delirios.
Los gritos.
El llanto.
La confusión.
El hastío.
Nada volvió a ser igual.
Ya no despertaba los sábados por la mañana junto a mi hermano para escucharlo tocar “Los momentos” de Eduardo Gatti.
Se acabaron las paletas de chocolate con forma de girasol.
Se acabaron las sonrisas.
El padre que conocía murió el día en que perdió la inocencia.
Por mi parte, ya estaba cansado de observar el crucifijo.
Me había acostumbrado al dolor de las costillas.
A morder.
A patear.
A estallar.
A llorar.
A romper.
A gritar.
Incluso a perder el conocimiento bajo el peso de emociones que no sabía nombrar.
El verbo es algo divino.
Eso siempre me lo enseñaron.
Entonces, ¿por qué nadie hacía nada?
¿Dónde estaba la acción?
¿Dónde estaba el Dios misericordioso que tanto prometían?
Ese Dios murió como tantos otros.
Si es que alguna vez existió.
Recuerdo la bruma que invadía mi mente durante aquellos años.
El miedo.
La paranoia.
La soledad punzante.
Recuerdo el sonido de mi nariz al golpear el pavimento. Recuerdo los cabezazos. Recuerdo al hijo de un millonario descargando su violencia sobre mí, cuyo perdón después sería comprado.

Recuerdo el balón inflamado que me cerraba la vista.
Recuerdo a mi madre, siempre ocupada, apareciendo finalmente para rescatarme.
Recuerdo que dijo:
—Ya ha sido suficiente.
Mi padre hizo lo que pudo para seguir adelante.
Visitó psiquiatras.
Buscó respuestas.
Intentó reparar aquello que se había roto.
Pero el daño ya estaba hecho.
«Quizás otro hijo sea la solución», debió pensar.
Entonces ideó un plan.
Llevó a mi madre a las Galápagos. Ella quedó maravillada con las iguanas, los atardeceres y las aguas cristalinas. Bajó la guardia.
Cuando regresaron, yo ya no era el menor de la casa.
Y nada volvería a ser igual.
Como ocurría con la mayoría de los impulsos de mi padre, el resultado tampoco bastó para silenciar el sufrimiento.
Mi hermano llegó al mundo.
Pero él siguió buscando otra cosa.
Otra empresa.
Otro proyecto.
Otra obsesión.
Otro presente capaz de hacerlo sentir vivo.
Después nos mudamos a una casa mucho más grande.
La antigua dueña era una actriz famosa y presentadora de Animal Planet. Mi madre la llamaba «la yegua». Nunca supe si con razón.
Mi padre disfrutaba exhibiendo prosperidad.
Le gustaba provocar admiración.
O envidia.
Pero tampoco aquello llenó el vacío.
Se matriculó en un MBA.
No pudo soportarlo.
El estrés, el insomnio y el descontento terminaron de quebrarlo.
Su naturaleza se torció.
Y apareció una crueldad que hasta entonces había permanecido oculta.
Luego, un día, los gritos cesaron.
También el maltrato.
Un silencio fantasmal descendió sobre la casa y permaneció allí durante años.
Me sorprendió sentir alivio.
Vi apagarse los ojos de mi padre hasta que no quedó más que una cáscara vacía.
Como si su espíritu hubiera abandonado el cuerpo para perderse en alguna región remota del cosmos.
Debo admitir que nunca lo quise demasiado.
Era brillante, sí.
Pero le faltaba esa profundidad que permite construir un vínculo verdadero.
Incluso antes de callar para siempre, nunca estuvo realmente presente.
Parecía querer adoración sin esfuerzo.
Y yo ya no estaba dispuesto a mendigar el cariño de nadie.
Siempre he sido una persona extremadamente sensorial.
Por eso puedo afirmar que su olor era insoportable.
Como si la tierra quemada brotara desde el interior de sus poros.
Y cada nueva pastilla parecía empeorarlo.
Cuando su espíritu finalmente abandonó el cuerpo, sentí alivio.
Al menos ya no tendría que acercarme para olerlo.
Hacía ya bastante tiempo que no quedaba mucho de mi padre; al menos conservo la imagen de las magnolias por mi ventana y la dulce sensación de la canción que siempre entonaba.