Caroline von Heydebrand en su libro titulado Los cuatro temperamentos, como conocerlos y educarlos, comienza analizando la formación del cráneo del niño desde una perspectiva fisiológica, asegurando que el desarrollo de la personalidad del infante está directamente relacionada con la forma y el tamaño del mismo.
Heydebrand explica que en la primera etapa de formación los huesos del cráneo se encuentran en constante cambio, y el cráneo está inmerso en una fase profunda de anabolismo (crecimiento), la cual terminará pocos años después desencadenando en una etapa de muerte constante o catabolismo una vez que ya se encuentre formado tanto anatómica como psíquicamente.
La autora clasifica a los niños en dos categorías: de cabeza pequeña y de cabeza grande.
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Los niños de cabeza grande

Los niños de cabeza grande son entidades inmersas en el caos, sus percepciones son fugaces y su creatividad inmensa, con el pasar del tiempo su cabeza se irá achicando en relación con su cuerpo, y su mente se volverá más centrada, pero en el fondo nunca dejará de ser un soñador empedernido que necesita que su imaginación sea cultivada en lugar de desalentada y que prosperará siendo invitado a reflexionar sobre sus actos en vez de ser forzado de anclar su psique a la tierra.
Los niños de cabeza grande suelen ser de temperamento sanguíneo o flemático, y se aconseja que ingieran una gran cantidad de sal en sus comidas para despertar su conciencia.
Los niños de cabeza pequeña

Los niños de cabeza pequeña son lo opuesto a los de cabeza grande; poseen una gran capacidad de observación y una mentalidad exacta y precisa; poseen una capacidad de imaginación más limitada y son incapaces de contentarse con representaciones abstractas a la hora de jugar, prefiriendo las cosas como trenes «reales» de juguete comprados en una tienda, además de los juegos que constan de piezas con las que construir de manera precisa.
Son seres de naturaleza curiosa y gozan de un gran intelecto y raciocinio, lo que les falta en imaginación lo compensan con habilidades prácticas y concretas que los hacen destacar en el ámbito académico y les valen la admiración y el respeto de sus pares.
Una observación en la naturaleza
La mejor forma de diferenciar si un niño tiene la cabeza grande o pequeña es llevándolo al bosque y observando cómo es que este interactúa con su entorno.
Un niño de cabeza grande se maravillará con la naturaleza y su mente se perderá entre cortezas de árboles, insectos y pétalos danzantes, formará pequeñas figuras hechas de barro y de ramas y se contentará jugando con ellas sin importarle que se trate de solo un mamarracho sin una forma definida o clara.
Por otra parte, el niño de cabeza pequeña se mantendrá en el presente, aferrado del brazo de un adulto, haciendo un sinnúmero de preguntas sobre todo lo que lo rodea, satisfaciendo así su inmensa curiosidad y deseo intelectual.
Una advertencia para padres y educadores
Desde la perspectiva de un adulto, se suelen ensalzar a los niños de cabeza pequeña, ya que su mente más despierta y analítica va más en línea con la forma de ver el mundo que tiene un humano que ya está crecido, ha perdido la ensoñación y ya se encuentra completamente desarrollado. A la hora de observar los dibujos de un niño, los adultos suelen preferir las formas claramente reconocibles «esto es un humano, esto es un avión, etc.» y suelen sentirse decepcionados e incluso frustrados cuando la obra pictórica viene puramente de la imaginación y no se halla a la vista un patrón reconocible.
En el caso de la pedagogía Waldorf, y por lo que se puede intuir por el tono y el lenguaje del libro (y por lo vivido en carne propia), se suele tener un sesgo marcado que favorece a los niños de cabeza grande por sobre los de cabeza pequeña, ya que a pesar de que en el libro se juega constantemente con esta dualidad entre la imaginación pura y el conocimiento estricto, con el tiempo este texto se ha ido desvirtuando y malinterpretando por colegios y educadores, olvidando el lado científico e intelectual y valorando únicamente la parte más artística y pasional.
Tristemente muchos olvidaron que aún la libertad más absoluta necesita un método y una estructura, y que la falta de deber y responsabilidad solo lleva a la mediocridad y al estancamiento, dejando al individuo sin la oportunidad de alcanzar su pleno potencial.
Aquí se puede apreciar claramente la eterna guerra que se lleva librando desde hace siglos entre los mundos tradicional y alternativo, tema que será algo recurrente a lo largo de esta publicación. Si bien resulta inevitable para nosotros los adultos tender a polarizar, escoger bandos y librar pequeñas batallas sin sentido con el fin de defender un ideal que en el fondo está tan revuelto que ya nadie comprende. Siempre hay que recordar que lo que funciona para un niño no es lo mismo que sirve para un adulto, y no hay que dejar que los juicios preconcebidos afecten o desanimen a un niño a la hora de dejar fluir su imaginación.
El problema de la falta de verificacíon
Existe un problema a lo largo del capítulo y de todo el libro (y sobra decir que en los textos acerca de la antroposofía en general), y es que en ningún momento se aclara en qué se basa la autora para hacer todas sus afirmaciones. Se puede intuir que se llegó a las conclusiones por medio de la observación (Heydebrand solía ser profesora), mas al no explicitar la magnitud del estudio ni dar datos concretos es difícil tomar la información en serio y darla por verdadera.
Aun así, la veracidad de la teoría de los temperamentos en la antroposofía carece del peso que trae consigo la verificación empírica de los hechos, pero sigue siendo un tema de sumo interés, y se le ha dado una importancia tal al pasar de los años que se ha convertido en un pilar central que ha moldeado la vida de miles de personas a lo largo del globo, incluyendo mi persona, por lo que resulta prudente examinarla más a fondo para poder comprender sus virtudes y defectos y de qué manera ha influido en la sociedad.
Pese a todo lo mencionado, no me parece que la intención no estuviera presente, ni que nada de lo postulado carezca de algún beneficio. En una sociedad cada vez más homogeneizada, lo más probable es que una educación diferenciada orientada a las necesidades del individuo pueda resultar algo próspero y beneficioso.
He aquí donde se vuelve compleja la tarea del educador: ¿cómo darle un espacio único a un niño sin llegar a encasillarlo? ¿Se puede educar sin coartar las libertades? ¿Se debiera aspirar a algo tan abstracto como la libertad absoluta?
Nota: Las ideas expuestas en este artículo corresponden a las observaciones pedagógicas desarrolladas por Caroline von Heydebrand dentro de la tradición de la pedagogía Waldorf y la antroposofía. Estas clasificaciones no forman parte de la psicología o la medicina científica contemporánea y deben entenderse dentro de su contexto histórico y filosófico.